Lionel Messi nunca ha enfrentado a Inglaterra en su vida. Eso cambia el miércoles en Atlanta, en un partido que va mucho más allá del fútbol: es el choque entre la selección de Argentina y su rival más cargado de historia, con un Mundial 2026 en juego.
101 partidos disputados, tres por jugar, y el miércoles en el Atlanta Stadium finalmente todo encaja. Argentina contra Inglaterra por un lugar en la final del Mundial. Antes del pitazo inicial, el locutor más exaltado del planeta ya estará vociferando la cuenta regresiva por los altavoces del estadio, ese ritual que precede a cada partido de este torneo. Esta vez, sin embargo, la ceremonia no parece exagerada. Parece casi insuficiente.
¿Es este el partido más grande que puede producir el fútbol internacional? Argentina-Brasil tiene más majestuosidad histórica. Alemania-Países Bajos siempre entrega. España-Francia representa el estado del arte en términos de talento y calidad. Pero en energía, fantasmas, peso específico, iconografía de colores y formas, este duelo está en otra categoría: no se parece a un partido de fútbol, sino a un frente climático a punto de descargar, a un pulso gravitacional.
Dos naciones, una herida abierta
Hay tres dimensiones que explican la magnitud del encuentro. La más evidente es la relación entre ambas naciones, que sigue definida por el conflicto sobre la soberanía de las Islas Malvinas: 290 millas de Argentina, 8.000 millas de Gran Bretaña, y un objeto de renovado interés en los últimos años, vinculado al descubrimiento de importantes reservas petroleras en la zona.
Para Argentina, la guerra de 1982 es una herida abierta que no ha cicatrizado. Está presente en su identidad como nación y, desde luego, en su historia futbolística. No es una enemistad equilibrada. Como en tantos de sus enfrentamientos deportivos más encendidos —con Gales, con Australia— hay una sensación de que los ingleses no terminan de comprender qué tan grandes son como villanos en este relato de dos protagonistas.
Argentina existe como entidad futbolística en momentos muy concretos: Ossie camino a Wembley, la picardía de la mano de Dios, Gabriel Batistuta aplaudiendo con tristeza mientras le muestran la tarjeta roja en Saint-Étienne. Para los ingleses, esto es esencialmente una rivalidad futbolística. El miércoles en Atlanta debería, al menos, clarificar la profundidad real del sentimiento.
Hay puntos en común entre ambas selecciones. Las dos pertenecen a ese grupo de países donde el fútbol ocupa un lugar desproporcionado en el bienestar nacional. Y sobre el campo son equipos bien emparejados; o mejor dicho, no son equipos en el sentido clásico, sino colecciones de piezas dispares arrastradas hasta este punto por figuras estelares y remontadas de película, por emoción más que por proceso.
Lo que ocurra en Atlanta difícilmente será racional, frío o ajeno a nuevos episodios de vértigo. Inglaterra ha estado al borde en sus últimos dos partidos. Argentina tiene al menos media plantilla con sed de confrontación. ¿Una catástrofe del VAR en el momento decisivo? ¿Un choque al minuto tres con Cristian Romero? ¿Emi Martínez en una tanda de penales contra Inglaterra? Bonos verificados · +18 · Juega con responsabilidadBonos exclusivos para apostar al Mundial 2026
El arco de Messi y el culto a la personalidad
Existe además una trama más amplia, el arco narrativo que el resto del mundo observa con atención. Este partido es el desenlace de la vida deportiva de élite de Lionel Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, objeto de una veneración obsesiva que solo la nueva mente colectiva global puede generar a esta escala.
Es tentador concluir que esto es simplemente una historia de Messi, que su genio no le permitirá perder aquí, no ante el rival más odiado de su nación, no al final de su carrera. Ocho Balones de Oro, una era definida por su estilo. Todo eso está ahí. Pero perder este partido implicaría consecuencias que van mucho más allá de lo deportivo.
Aunque hay un límite para todo. El nivel de reverencia hacia el futbolista estrella de Argentina tiene algo de irracional, de desproporcionado: sus compañeros lo serenatan en el vestuario, una nación entera desfila con su camiseta, venera sus números. Argentina no parece estar jugando por una camiseta, un club o un país en este Mundial, sino por Messi, la trinidad en un solo ser. El culto a la personalidad está instalado, una versión deportiva de lo que George Orwell llamó "nacionalismo emocional". ¿Resulta extraño? ¿Qué sabe realmente el mundo de este atleta-genio discreto y opaco, más allá de su discreto y opaco genio atlético?
El nivel de rendimiento de Messi a los 39 años es, en sí mismo, irracional. Dado el valor comercial de este espectáculo y la naturaleza de la FIFA y su presidente anfitrión, no sorprende que las teorías conspirativas hayan entrado en escena. Inglaterra y Argentina se han beneficiado de algunas decisiones arbitrales favorables, aunque también les han ido en contra en otras ocasiones. La fuente principal de esta energía es la más obvia: la sospecha de que la FIFA quiere a Messi en el torneo, por audiencias, cifras y poder estelar.
No hay evidencia concreta que respalde esta hipótesis, solo una cadena confusa de circunstancias asumidas. Pero, ¿qué espera la FIFA? ¿Fe en el proceso, cuando esa fe ha sido destruida? El presidente de Estados Unidos ya admitió haber intentado modificar las reglas. Eso no es una teoría conspirativa. Son maquinaciones a la vista de todos, admitidas por una parte y negadas categóricamente por la FIFA. ¿Quién merece la confianza del mundo? ¿Quién puede garantizar la integridad del deporte por encima de la interferencia o el beneficio comercial? ¿El organismo que entregó el Mundial a Arabia Saudita en una demostración de aplausos en una videollamada de Zoom? La FIFA abrió la puerta a esta desconfianza con su ejercicio opaco del poder, su acercamiento a déspotas. Si hay quienes han comenzado a dudar del producto, la FIFA está cosechando lo que sembró.
Messi contra los clubes ingleses: el precedente
Con toda esa historia y esos fantasmas rondando el partido, hay también algo genuinamente nuevo. Messi nunca ha enfrentado a Inglaterra. Pero ha jugado mucho contra clubes de la Premier League, y es ahí donde puede buscarse algún tipo de precedente, quizás incluso una vía para que los ingleses aborden el desafío de contener a esta fuerza errante, hurgadora, imposible de cartografiar.
El punto de ignición de Messi contra los clubes ingleses fue la final de la Champions League de 2009. Desde esa fecha, Messi ha disputado 26 partidos contra equipos ingleses: ganó 17, perdió cuatro y anotó 27 goles. Entregó lo que probablemente son dos de las actuaciones clubísticas más sublimes jamás vistas en suelo inglés: ante el Manchester City en el Etihad, una noche de regate veloz, gambeta y pase preciso, los pies martillando el césped; y ante el Tottenham en Wembley, el Messi más reflexivo y directorial, el de los días en que su juego de pases parece reorganizar las piezas sobre el tablero, desplazar los espacios entre las camisetas.
Los datos también registran señales positivas para Inglaterra. Messi solo ha jugado dos partidos contra equipos de la Premier League desde el 4-0 en Anfield, con un triunfo y una derrota. Más significativo aún: sus cinco derrotas ante clubes ingleses llegaron contra rivales que juegan a un ritmo elevado y aplican presión física. Los únicos momentos de sequía fueron ante el Chelsea intenso y agresivo de la era José Mourinho y la posguerra de Mourinho, igual que...
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