Con 78 partidos repartidos en 11 ciudades, Estados Unidos completó su segundo ciclo como sede de un Mundial masculino. El balance tiene luces y sombras muy marcadas: los recintos aprobaron, los bolsillos no.
Quedan dos partidos. El tercero y cuarto puesto en Miami, y la final en East Rutherford, Nueva Jersey. Cuando el domingo cierre el telón del Mundial 2026, habrán pasado por suelo estadounidense 78 de los encuentros del torneo, la carga más pesada del trío norteamericano. Antes de que el foco se mueva hacia el centenario de seis naciones y tres continentes que será 2030, conviene hacer cuentas.
Estadios: B+
Los colosos de la NFL no tienen el encanto de los grandes templos europeos, pero cumplen con creces en lo que más importa a la hora del partido: capacidad, acústica y ambiente. Muchos fueron diseñados para retener el sonido, y eso se notó. El lunar es el mismo en casi todos: los pasillos interiores no fueron pensados para el flujo de decenas de miles de personas moviéndose al mismo tiempo. Las concurrencias en los corredores colapsaron con frecuencia, y nadie encontró la solución. B+
Transporte: D+
Era el talón de Aquiles anunciado. Estados Unidos se reconstruyó durante el siglo XX con el automóvil como protagonista, y esa herencia pesa. Algunas ciudades improvisaron líneas de buses adicionales; otras convirtieron esas mismas iniciativas en otra forma de drenar el presupuesto del hincha. Horas para llegar a los estadios, más horas todavía para salir. El costo no era solo en tiempo. D+
Precios: F
El libro de candidatura de United 26 prometía valores de entrada alineados con lo que el mundo había visto en ediciones anteriores, con aumentos moderados justificados por la inflación. Lo que ocurrió fue otra cosa. El Mundial 2026 se convirtió en un caso aparte dentro de la historia de los grandes eventos: el primero al que la mayoría del planeta, directamente, no podía permitirse asistir.
La propia FIFA reconoció que el torneo fue tratado como una oportunidad irrepetible para extraer el máximo posible, y admitió que esos precios desproporcionados no serían sostenibles en futuras ediciones en otros continentes. Una confesión que no dejó de sonar a cachetada para los hinchas. Una vez que FIFA fijó ese piso, el resto de los actores del torneo —transporte, gastronomía, merchandising, estacionamientos, taxis, todos— siguieron la misma lógica. Bonos verificados · +18 · Juega con responsabilidadBonos exclusivos para apostar al Mundial 2026
Hospitalidad: A para el espíritu, F para las barreras
Hubo imágenes que quedaron grabadas: hinchas de distintos países brindando antes y después de los partidos, sin importar el precio de la cerveza. Los voluntarios de FIFA —uniformados con buzos flúor— fueron una presencia constante, amable y útil en cada rincón de cada sede. Eso fue real.
Lo que también fue real es que no todos pudieron llegar. Árbitros y miembros de cuerpos técnicos quedaron afuera por decisiones de la administración Trump. Los hinchas provenientes de países incluidos en las restricciones migratorias del gobierno estadounidense tampoco encontraron salida. Las justificaciones para esas negativas fueron, en la mayoría de los casos, endebles. FIFA, en cambio, se mantuvo al lado del hombre en la Casa Blanca.
La pregunta que no va a desaparecer fácilmente: ¿cuánto más ruidoso habría sido el apoyo a Costa de Marfil, Haití, Irán y Senegal si la accesibilidad turística del Mundial de 1994 se hubiera replicado? A para el espíritu de quienes pudieron llegar, F para las barreras sin precedentes impuestas a hinchas y clasificados por igual.
Ambiente en las ciudades: B-
Aquí las diferencias fueron enormes. Seattle, Filadelfia y Kansas City se consolidaron como ciudades futboleras con identidad propia: fiestas callejeras accesibles, banderas en las avenidas, un zumbido permanente de quienes sabían exactamente lo que significaba tener al mundo mirándolas. Boston —rebautizada como la segunda capital de Escocia— y el Área de la Bahía también supieron abrazar a sus visitantes temporales o generar espacio para que los locales sostuvieran el clima entre fecha y fecha.
Otras ciudades, sobre todo aquellas cuyos estadios quedaban lejos del centro urbano, no lograron capitalizar el torneo. Estar a una hora o dos del recinto resultó ser, para muchos residentes, tan estimulante como ver el partido desde el sofá. Texas fue el caso más llamativo: dos ciudades sede —Dallas y Houston— en uno de los estados más grandes del país, y las crónicas desde ambas transmitieron una indiferencia parecida. El circo ya levantó carpas, y en varias de esas ciudades costará notar que algo pasó. B-
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